Sin prisa, pero sin pausa

Recorriendo las calles de Santiago, me traslado de un viaje hacia el puerto de Valparaíso. Sus adoquines y calles dibujadas por un ángel borracho y todas esas historias que hacen de este puerto el espacio de mi redención por excelencia. Sí, ya lo he dicho antes, fue en este puerto donde crecí hasta estallar en lágrimas y espanto; donde descubrí lo que todavía insisto en llamar amor y donde me alimenté de la yerba madrugadora.

Hoy piso las calles de Santiago, pero para recorrer la urbana humanidad de la manada. Tranquila, permanentemente a mi propia sombra, mis propias circunstancias, mis propios insultos. Siento que voy a paso firme, sin dejar de mirar en todas direcciones; sin desanimar la caminata ante la melancolía circular o el desborde de mis emociones.

Ya no me enojo con mis cavilaciones, ni insisto en la autoflagelación. Sólo me alimento a diario de mis vitaminas y las caricias del viento en mi cara. Por eso recuerdo a Valparaíso, por su lluvia de otoño y viento eterno.

Valpo

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De “Bitácora de una Bipolar” a “Bitácora Bipolar”

Pensamiento que sigue vigente en mi: no estoy enferma, tengo una condición que ha sido denominada de una manera por pura cultura, por pura sociedad siquiátrica que insiste en rotularlo todo. Qué más da, si lo que me dan me ha servido para no volver al siquiátrico, no dejaré de tomarlo, mientras se me ocurra.

Bitácora Bipolar

Quise abrir lo que escriben mis dedos a todo el que pasara por aquí por pura casualidad, o buscando algo que reflejara el estado de quien ha sido diagnosticada con trastorno bipolar, una categoría post industrial occidental que nos agrupa dentro de una especie de síndrome que se caracteriza por la presencia de dos polos: uno de manía y otro de depresión. Bueno, es harto más complejo que eso.

Ya sea en el polo de la manía o euforia en casos más fuertes, o la hipomanía en su versión más suave (pero no por ello menos delirante), o en el de la depresión, lo que ocurre es que nos encontramos con la emergencia de sensibilidades que hacen experimentar la vida de una manera más intensa, pero de manera permanente, no hay pausa. La pausa o stand by sería el momento de la eutimia, máxima aspiración de alguien que está cansado de oscilar…

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Vida, vida y más vida

Hoy quiero celebrar la vida. Sí, porque la habito, la evidencio, la siento, la ayudo a crecer. Porque ni las pérdidas más dolorosas me invitan a denegar de sus atributos, ni menos decir “pobre de mi”.

Ayer se fue de mi vida, de la nuestra, un hombre, un abuelo, un padre, lleno de errores y desaciertos, dudas y contradicciones, pero que vivió precisamente como él quiso.

Las lágrimas no son de angustia, pena, melancolía. Son la expresión del agradecimiento por haber estado cerca y lejos, según fuere el caso.

Ahora veo su cuerpo, en medio de rosas y claveles, cubierto de la mortaja que alguna vez casi tuve sobre mi. Pero ahí está, haciendo justicia aún después de su mutis.

Te quiero abuelo.

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Violeta Parra

100 años de pisar la tierra

Bitácora Bipolar

A pies descalzos y pollera larga deambuló entre la lluvia y el sol; el agua y el fuego; el día y la noche; la pena y la algarabía; la líbido y la desazón; la libertad y el castigo de la tortura de los días de soledad y abandono crónico.

Nuestra Violeta bipolar, amó desde el dolor más hondo, desde la pasión más perdida, y la rabia más insondable. Odió con la fuerza de los huracanes, y amó la vida de los que sufrían los pesares de las injusticias.

La Violeta tomó un puñal con balas para destrozar su sien y borrar su la melancolía circular.  Había dejado su oda a la vida, agradeciendo sus ojos, oídos, la marcha de sus pies, su corazón, la risa y el llanto de todos y todas. Ella ya sabía de sus pesares y ya anunciaba su partida y no la escucharon.

¿Cuántas veces mi imagen se ha superpuesto con…

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Nuestra Violeta Parra

Mujer creadora de vida, tejedora de historias… y que ahora vienen a habitar las portadas de diarios, revistas, televisión y falsos homenajes.

Ha sido, ya lo he dicho antes, una de mis referentes y no lo digo solamente por su dolor ante el desgraciado que hundió el puñal en su sien (“El Gavilán”), por su canto de lucha (“La Carta”) o  su carta de despedida (“Gracias a la Vida”). También lo digo por su infinita búsqueda por aprender, desaprender y compartir, a su modo, la creación de sus manos, por insistir e insistir en poner su guitarra al servicio de la justicia.

Biografías más, biografías menos, me quedo con su canto, sus arpilleras y su redoble de tambores, antes de cruzar la puerta lateral.

El Amor

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Primavera

Las manitas de mi hija de casi 18, visitas a amigos y amigas, las caminatas interminables, el beso amante y tanto regalo, sólo pueden traer armonía.

No, no es la luna que con su falsa brisa deambula entre mis sueños y pesadillas. Tampoco es la locura circular a la que me abrazo buscando explicaciones. No creo que sea la libertad de abrazar el árbol que más quiero. Es simplemente esta temporada llena de luz la que me sitúa en medio de una de las fortalezas más claras de mi vida.

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Ya saben, si se va uno por la vía del tren algo de mi se va también

Tengo todo, pero todo lo que necesito. Nada, nada de lo que pueda necesitar está fuera de mi alcance. Pero hoy ha sido día de vuelta del vendaval, del escenario que me lleva a mirar la puerta lateral del teatro para locos. A sondear en la oscura e ilimitada sensación de vacío de contenido. Hoy, estoy al borde de esa puerta que tantas veces atravesé y de la que regresé a reanimación o a un abrazo firme, incondicional.

Estoy tratando de recordar cuál es la estrategia y, en concreto, cuál es la táctica que he empleado cuando estoy en medio de la nada.

Bebí un vaso de agua, unos cuantos cigarrillos. Comí nueces para la angustia y volví a beber agua y fumar otros cuantos cigarrillos. No quiero salir, no quiero ver a nadie. Quiero estar aquí sintiendo como pasa este remezón emocional, mientras pienso y pienso en las estrategias que me han acompañado desde hace más de 30 años.

Tal vez no sería malo recordar un poco cómo fue que fui descubriendo que siempre hay una salida.

Año 1980. Deambulaba por la casa, en un estado casi de catatonia. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Me figuraba sentada en la confluencia de dos paredes. Estaba sola. No había nadie ni nada que me detuviera. No había papá; estaba fuera del país, cosa que por esos días ya era la normalidad. No había mamá, no sé dónde estaba en ese minuto. Nada. Ahí estaba, en medio del jardín y una soga y su nudo aprendido en una reciente iniciación en los scouts. Un árbol, una gruesa rama y el viento. Era invierno, lo recuerdo porque no había hojas y tal vez por eso quiero tanto el invierno. El suelo y el dolor de cabeza y espalda me despertaron del dolor de sentir el vacío. Eso fue, caí y con esa caída retorné al sentido.

Año 1990. Un nuevo árbol. Me figuraba arrimada, oculta del mundo. Subí, no sé cómo, hasta la copa a mirar la laguna verde que se tendía a los pies de ese árbol. fueron 5 los compañeros que me tomaron de la mano, que me invitaron a vivir.

Año 2001. Un edificio. Piso 13. Escritorio ordenado, papeles en su lugar, pero nadie, nadie cerca. Ventanal abierto, acera desnuda. Ruidos de sirena de ambulancia. No alcancé, otro abrazo me hizo desistir del paso adelante.

Año 2003. Bajo tratamiento contra la depresión. Pastillas por doquier y una ambulancia que gemía o lloraba mientras me trasladaban a un servicio de urgencia. Golpes. No sé qué más.

Año 2006. Recién diagnosticada con TAB 1. Vacío, abandono de mi hija durante 3 meses; tenía 6 años de edad. Culpa, rabia, odio; yo era el centro. No había nada, una vez nada. Un arma detenida en el intento por una mano enemiga. Vinieron los TEC uno tras otro. Nuevamente siquiátrico; cosa conocida.

Año 2007. Sólo el gesto. Sólo recorrer sistemáticamente con la mirada las vías del metro. Regresé por mi cuenta al siquiátrico.

Año 2011. Marzo y el Puente de Brooklyn; octubre y mi cuarto. Nuevamente la soga hecha de alambre. Se rompe, se rompe.

Hoy, 13 de septiembre de 2017. No hay pastillas, no hay soga, no hay bala, sólo yo y mis ideas. Sólo yo, pero no, también está el amor por mi hija, el agua, las nueces, los pobladores, el mar, las calles, el rumbo hacia algún lugar, la locura, los locos bajitos, la primavera que casi llega. Por ahí va, aquí están mi estrategia y mi táctica. Si no creyera en ellas, sería una brisa sin oxígeno.

Respiro, siempre es bueno. Releo lo escrito, miro mis manos, miro el reflejo de mi en el espejo. Me lleno de mi y las circunstancias que construyo. Aquí voy de nuevo, recordando, re vivenciando que estoy con vida de milagro, a puro abrazo y amor, gracias a mi pacto para vivir que renuevo cada día.

Si duele es porque estoy viva.

Un día a la vez.

Para qué correr tanto si avanzo tan poco.

Un abrazo terapéutico vale mil besos.

Gracias de nuevo, Violeta, por ese Gracias a la Vida.

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