Para ser libre en la alborada, nada como caminar y besar

Con mano dura desplomé piedra por piedra la pared que levanté hace algún tiempo. Magia que me acompaña, incluso cuando pareciera que los días se hacen largos de tanto andar.

Hoy, particularmente hoy estoy en la serenidad más clara que no había percibido en años. Ni los temblores del cuerpo, -evidencia del sistema extrapiramidal y su falla-, ni los dolores que suben y bajan, pero que no impiden el movimiento, pueden terminar con esta indescriptible sensación de libertad.

Sólo sé que estoy viva, de vida de la buena.

Que cómo llegué hasta aquí? Cómo los días valproico, olanzapina, haldol, quetiapina, risperidona, litio, de electroschock y sus secuaces, pasaron a mejor vida?  Fue y está siendo a puro sentido, a puro mirar a través de la ventana con las manos afirmadas, el paso firme y la paciencia de esperar día a día, simplemente que llegara el alba.

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Como si fuera primavera

Acostumbrada a sonreirle a los días, me cuesta no apretar el pecho cuando una hermana o hermano toma la decisión de salir por la puerta lateral.

Ayer me enteré del suicidio de la madre de una amiga desde hace más de 2 décadas. Dolió el pecho hasta más no poder. Mujer con una fuerte depresión, sentimiento de abandono, angustia crónica y desvelo infinito, qué otra cosa podía hacer, si hasta la cuidadora la descuidó.

Hoy más calma, (no mi amiga), visité a la siquiatra. Bien, muy bien. Y es que cuando voy tomando consciencia de lo que está pasando, cuando no me juzgo, obsesiono o pierdo la mirada, todo marcha y marcha bien, al punto que comienzo hoy a reducir las dosis de todos los medicamentos que tomo (lamotrigina, aripiprazol, paroxetina y eventualmente zolpidem).

La verdad, la decisión no me extrañó; ya venía por mi cuenta tomando decisiones, antes de que ella me informara. Cómo no hacerlo? Quién conoce mejor lo que me pasa, como para tomar la decisión de qué hacer? Fue pura intuición y perseverancia en sentir que las cosas siguen su curso y que el madero al cual me aferro en medio de los vendavales siempre estaría aquí.

Mirarme a los ojos a través de un espejo, caminar de mi propia mano, contemplar hasta cansarme cómo cambia la luz del día a la noche y tantas otras acciones que día a día voy experimentando, me hacen más viva que nunca. (Vida… cada día me gusta más esta palabra).

Sólo una preocupación me viene asaltando hace algunos meses: junto con la estabilidad, (o más bien la consciencia de ella), vino el tomarle el peso a la falta de concentración, dificultad en los movimientos rutinarios y a veces demasiada lentitud en el hablar.

Cuando recojo algo, debo abrir y cerrar la mano, sin mover el brazo. La siquiatra no supo qué decir, supuestamente lo que tomo y en las dosis prescritas, nada de eso debiese ocurrir. Sin embargo, tengo un historial de medicamentos en mi cuerpo, sesiones de electroshock y de un cuanto hay de tratamientos, no me extrañaría que el diagnóstico previo que me dio un neurólogo sea cierto: desmielinización. Así que a consumir más ácido fólico, vitamina B12 y otras cosillas.

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Invierno, casi invierno

Lluvia, de esa que limpia y calla, es la que me habita ahora. Como si la necesidad de llorar hubiera sido suprimida de cuajo con estas leves tormentas de agua y viento. Qué más puedo pedir? Y es que ni los temblores, dolores musculares, rigidez en la espalda y el cuerpo entero pueden bloquear esta cada vez más frecuente acción de vivir.

Vivir, tanto sentido ha cobrado ese verbo para mi, que no me importa repetirlo una y mil veces, no importa la hora ni el lugar.

Hubo lugares en el que ese verbo estuvo fuera, qué decir, muy lejos de los días. Y hoy, hoy mismo cobra mayor sentido, incluso después de la temporal caída de los sentidos.

Estoy en un momento que, creo, habla de felicidad, armonía, tranquilidad, de esa enorme, de la que me cuida y calma en los vaivenes, ventoleras y marejadas.

Qué decir ahora, casi no me quedan palabras. Sólo quiero disfrutar este momento, momento bueno y lleno de vida.

 

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Temblores

Ayer comencé con breves estertores en el cuerpo. Incliné la barbilla y tiritaba.

En este minuto que estoy sentada, siento que mi cuerpo tiembla y duele. Creo que debe ser la medicación y la fibromialgia, no le doy otra explicación.

Ya me han reducido las dosis, pero sigue. Tal vez es parte de todo eso. Como sea, sé que de alguna manera, placebo o no, tener esos pedacitos químicos han evitado que vaya a parar nuevamente al siquiátrico. Claro, acompañado de todas las cosas que he aprendido a lo largo de estos años.

Como no recordar, muy de vez en cuando, los días en que fuera de mi, me llevaban, casi arrastrando, a un lugar en el que el encierro era parte de los días. Hoy me parecen tan lejanos, pero a la vez, tan llenos de aprendizaje. Como cuando otras internas, compañeras de los días de encierro, me mostraban sus estrategias de sobrevivencia. Algunas más, otras menos, tenían su modo particular de salir de las crisis, así fuera a punta de martillazos. Como olvidar ese día de la revuelta (lo describo bajo la categoría Hospitalización), día en que me paré frente al director del recinto planteando nuestro pliego de peticiones por las malas condiciones de nuestra estadía. En fin, todo eso y mucho más, se ha constituido para mi en fuente de eterno aprendizaje.

Ahora, volviendo a los temblores, me digo ¿qué más da?

 

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El fantasma del doctorado

Hoy, como no suelo hacerlo, releí algunos escritos y este que pongo de nuevo aquí, le tengo un especial cariño. Refleja lo que ha sido para mi empezar una y otra vez desde cero… y no morir en el intento (literal).

Bitácora Bipolar

Hace un año ya, dejé definitivamente mis estudios doctorales; no quedaba de otra. Mi falta de sueño y mis virajes insondables me llevaron a un túnel sin regreso. Fue un fracaso más de tantos otros que he tenido. Quedé destruida, pero con vida.

Viví el duelo con alegría, porque no fue el fin del mundo, sólo de mi carrera académica. Creo que ya no daba más. No podía estar en una sala de clases dictando teoremas y cayéndome al suelo con estertores, o viendo dibujos en el aire sobre las cabezas de mis alumnos; llegando tarde a mi casa, y etc.

Recuerdo un día en que fui a entregar un reporte y sólo cuando me vi en un espejo, noté que mi cara estaba desfigurada y mis manos agrietadas. No tenía sentido todo eso. No quise continuar desmembrándome, quitando tiempo valioso a mi hija y a mi misma. No era yo esa…

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Re descubriendo los espacios

Sólo fueron 2 años, pero me parece haber estado una eternidad a resguardo de una caverna. Ahora, cómo decirlo, estoy en plena fase de desarrollo, crecimiento y disfrute de todo lo que estoy rodeando y me rodea.

Camino, tengo encuentros, nuevos y antiguos, sorteo las vallas y dinamizo los cansancios a través de la vida misma.

Quizás una de las cosas que más agradezco, es haber vuelto a la cordura de la conexión con la realidad misma, con la comunidad fraterna toda. Sonó algo críptico, pero no sé cómo llamarle a volver a seguir el sentido de lo humano en mi.

Por todo eso, gracias, gracias, gracias.

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Para cantar una canción urbana se requieren los pies

Caminar, simplemente caminar, re-descubriendo la velocidad del tumulto sobre el cemento de las calles y los adoquines de los cerros, los árboles enredados entre parejas escondidas y el río que cruza esta ciudad de verdad, de mentiras, de ciegos y videntes.

Urbana, sí, lo confieso, lo soy. Por eso salgo con el amigo o amiga de siempre, a compartir una urbana conversación, a veces teñida de soles y otras simplemente de estaciones de invierno.

En eso estoy, caminando, mirando, sin dejar de ver, cada rincón que emerge frente a mi, como si la vida se me fuese en ello.

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