Definitivamente, para mi calma me basta el agua

Desperté con ganas de quedarme en cama, ni siquiera de mirar por la ventana como la gente en procesión caminaba hacia la playa. Sólo quería permanecer quieta y esperar que viniese la noche para preparar mi viaje de regreso a la ciudad. Así me levanté a ordenar mi ropa, guardar el compu, del que no me he separado por mucho tiempo.

Han pasado ocho años desde que fui diagnosticada con trastorno bipolar. Eso recordaba mientras me sonreía ante el murmullo de mi hija que lee una novela de su gusto. Es sobre unos jóvenes que se conocen en un centro de salud, donde se atienden por un tratamiento por leucemia. La veo muy embebida de aquello. Creo que trata de entenderme y eso para mi es maravilloso. Al fin mi hija trata de ponerse en mi lugar. Claro está que esta lectura la hago yo como una forma de acercarme a ella también. Ha sido bueno venir hasta acá.

En el día de ayer bebí un poco más de la cuenta, o al menos para el límite que me tracé como óptimo. Fue una copita de licor que se hace con vino añejo, cognac, licor de cacao, azúcar flor, 1 yema de huevo y canela en polvo. Riquísima la Vaina. A esto agregué una copa de vino blanco y pescado frito, ensaladas y un riquísimo suspiro limeño con papayas. Toda una gula para mi, pero era una invitación familiar que no podría haber rechazado por nada del mundo, simplemente porque ahí estábamos el núcleo familiar en pleno: mis padres, mi hija y yo. Qué más podía pedir? Ah, agua.

Después del débil despertar, quise darle rienda a una energía que brotó a flor de piel. Nadé varios metros mar adentro, o al menos antes de que el guarda costa me detuviera por infringir la norma del límite para los bañistas. Nada como aquella experiencia llena de agua, toda hecha músculos rendidos al salado y frío mar. Como si no hubiera nada que me lo impidiera, como si no hubiese dolor, tensión, miedo, obstáculos de todo tipo. No, no los hay. El tiempo no para y yo quiero disfrutarlo a concho.

En este minuto mi cabeza está llena de paz, de ligereza mental, algo de dolor muscular y un poco de melancólica paz. Ni comparado con el estado que tenía al comienzo del día.

Un abrazo a quien me lee.

Clau

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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