Frutillas para la cólera y pepinillos para la angustia

No sé que tema escuchar. Cuento cuatro horas tratando de poner a mis oídos en la escucha de alguna canción o melodía que provea armonía a mi cabeza. Nada. Llegué al punto de buscar un tema en youtube indicando en el buscador “quiero escuchar música bipolar”. Sólo aparecieron testimonios de bipolares, como el de Stephen Fry. Mientras escribo aquí, escucho su historia y la de otros bipolares que han sido diagnosticados como maníaco-depresivos y toda esa vaina. No dejo de pensar que mi tardío diagnóstico me dejó varios años de extrema energía y desenfreno; así como también de profundas depresiones y búsquedas de la muerte, no de ayuda, por cierto, como suelen decir algunos que ven a un suicida como quien está buscando ayuda. Creo que no siempre es así. Yo no buscaba esa ayuda. Ahora si (bueno, generalmente).

Trato de recordar el momento en el que tomé conciencia de que mis estados oscilaban notablemente y la verdad es que sólo cuando una de mis hermanas fue diagnosticada el 2005 algo en mi se quebró. Yo tuve el diagnóstico el 2006 gracias a la transmisión biográfica de mi vida construida con base en la información que mis conocidos, amigos y familiares fueron entregándome de a poco.

A los 5 años de edad, lloraba en los rincones hasta orinarme, y al rato me masturbaba en las puertas. A los 9 empleé una soga atada a mi cuello para buscar una salida de esa historia absurda, y me imaginaba a mi madre siendo juzgada en una corte por mi abandono. A los 13 ya me intrigaba la participación en actividades que eran consideradas peligrosas, cosas de las que mejor no hablar ahora. La adolescencia fue una locura que sólo una gran crisis mística evitó que muriera con una descarga de balas. Vivía en un pueblo en medio de un valle, justo cerca de las faldas de un cerro. Ahí corría con cierta frecuencia buscando un espacio para gritar a todo lo que da. Ouija, tarot, brujas, sapos y culebras y todo tipo de cosas esotéricas fueron combinándose con la ira por la situación política del país y de mi propia familia. De la adolescencia tengo los recuerdos que me dejaron algunas canciones, libros y conversaciones con personas que me conocieron.

Tenía 17 cuando entré a la universidad a estudiar filosofía, la primera de cuatro carreras.  Era Valparaíso. En ese lugar conocí las orgías, las drogas, la política activa, la paranoia y la angustia imparables. No terminé la carrera, naturalmente. Me hice pedazos en juergas y a esas alturas el griego y el latín eran practicados en grandes bacanales que experimentaba a diario. De un día para otro tomé un bús que me condujo de regreso a la casa de mis padres. No soporté todo eso. Todo iba más lento de lo que yo estaba. Yo quería más, más, más… Me fui nuevamente de casa.

A los 18 ya estaba en una nueva carrera… en Valparaíso. La vida no fue muy diferente, así que no tengo mucho que agregar.

A los 19 estaba en una nueva carrera, medicina, esta vez en Santiago, lugar de origen de mi familia. Qué decir, creo que esto merece un capítulo aparte porque ya estoy desconcentrándome. Sólo puedo adelantar que ahí conocí a quien fuera mi primer marido (si, llegué a casarme y dos veces), y a quien dejé por otro hombre, en realidad por dos. Ya lo reconocí, nunca lo había hecho. Pero como me recordó por ahí una amiga, las niñas buenas se van al cielo y las malas se van con el Viejo del Saco o se las lleva el Lobo Feroz.

Como sea, estas palabras que dejo aquí esta noche, son para buscar la claridad que necesito en esta hora. No tengo sueño y lo tengo a la vez.

Estoy con unas frutillas y pepinillos, esperando a que pase el vendaval. Quería hablar de ello, pero me fui por las ramas una vez más.

Un abrazo a quien me lee.

Claudia del Saco-Feroz

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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