Echando un vistazo a mi cabeza

Poniendo entre paréntesis los desgarros y lloraderas inconducentes, mi infancia se caracterizó por tener mi cabeza del revés. Si, del revés, o al menos eso me decían, y todo porque me creía extraterrestre. Lo explicaba a través de un mapa que dibujé en la pared de mi pieza a los 4 años diciendo que yo venía de un punto muy lejano. Qué locura.

Viví entre fantasmas, melodías vampirescas, Barnabás Collins y la negrura de los días envueltos en papel de diario roto por las pisadas que deambulaban por las calles. Sí, una vez que aprendí a leer, leí lo que se me atravesaba por delante, y nunca entendía por qué no podía leer ciertos libros para mi misteriosos y atractivos por sus dibujos y encuadernados. Me decían que de trataba de magia negra. Bueno, eso me decían. No recuerdo qué clase de libros eran. Sólo recuerdo aquella casa en la que algún tiempo antes de ser habitada por mi familia rondaban personas que se unían de las manos para convocar a algún ser que ya no estaba en esta vida.

Así me fui interiorizando en las letras, a pura seducción por parte de libros que me llamaban la atención. Fue así que un día me encontré con uno de tapa dura, sin imágenes, con historias absorbentes, como aquella que hablaba de seres que bajaron a la tierra; seres gigantes que se casaron con mujeres de acá y tuvieron hijos que eran algo así como ángeles o algo por el estilo. O esas historias de guerras en las que siempre ganaba el mismo bando, aunque eso fuere mucho tiempo después. O auquellas en que un par de hijas se unieron a su padre ante la imposibilidad de procrear por ellas mismas. O tal vez esa que hablaba de un hombre que se decía hijo de Dios y que a través de Él podríamos llegar al reino de los cielos. (Cuando leí a Sartre se me cayó la retina).

Todo eso sembró en mi una parte a la que yo llamo crisis mística. De creerme extraterrestre, pasé a creer que estaba destinada a vivir en un reino distinto al de la Tierra.

Mis compañeros de colegio (todos, de los 12 en que estuve), me llamaban loca, bruja, desquiciada y cosas por el estilo que a mi, por cierto, no me afectaban, por el contrario, me hacían sentir especial (o espacial).

A veces, las religiosas del último colegio en el que estuve, creyeron que estaba destinada a ser monja. Me veían contemplativa en la pequeña capilla, o leyendo libros que estaban perdidos, con moho y polvo en el subterráneo. Ahí conocí la Divina Comedia, la Biblia y otros libros que sólo me trajeron confusión y desvelo. Lo mismo quise ser monja que guerrillera; mujer amada, que bruja empedernida. En fin, mis inclinaciones se fueron afirmando cuando conocí el Martillo de las Brujas o Malleus Maleficarum. Cómo llegó a mis manos su existencia, no recuerdo, sólo sé que por ahí alguien me habló de millones de mujeres que habían sido asesinadas por ser librepensadoras o simplemente por saber cómo traer hijos e hijas al mundo sin dolor.

Del revés, me decían. Cuando todas estaban saliendo con muchachos, yo estaba leyendo libros para mi sagrados.

A los 16, en medio de una profunda crisis mística y la búsqueda por un cambio de la sociedad, me dispuse a ir a un convento. Sentía que ahí podía encontrar un lugar donde seguir leyendo, orando y hacer esas cosas con las que había crecido. Pero al poco andar, afloró en mi la sensualidad de los días y el deseo por conocer el otro lado de la luna, o más bien otro planeta: el de los hombres. Hasta ahí llegó la crisis mística… o al menos eso creí.

Lo de bruja lo he mantenido, creo. Hasta el día de hoy me encuentro en medio de una soledad acompañada de seres que sólo yo veo.

Así está mi cabeza hoy. No sé si del revés, pero si llena de pájaros.

Un abrazo de bruja a quien me lee.

Clau

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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2 respuestas a Echando un vistazo a mi cabeza

  1. Oscar Alejandro dijo:

    Impresionante el trabajo que estás llevando a cabo. No puedo creer que un blog tan profundo tenga tal carencia de comentarios. Quizás es el mundo el que ha enloquecido con el tiempo, si es que alguna vez estuvo cuerdo. ¡Un fuerte abrazo desde la personalidad límite!

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