El fantasma del doctorado

Hace un año ya, dejé definitivamente mis estudios doctorales; no quedaba de otra. Mi falta de sueño y mis virajes insondables me llevaron a un túnel sin regreso. Fue un fracaso más de tantos otros que he tenido. Quedé destruida, pero con vida.

Viví el duelo con alegría, porque no fue el fin del mundo, sólo de mi carrera académica. Creo que ya no daba más. No podía estar en una sala de clases dictando teoremas y cayéndome al suelo con estertores, o viendo dibujos en el aire sobre las cabezas de mis alumnos; llegando tarde a mi casa, y etc.

Recuerdo un día en que fui a entregar un reporte y sólo cuando me vi en un espejo, noté que mi cara estaba desfigurada y mis manos agrietadas. No tenía sentido todo eso. No quise continuar desmembrándome, quitando tiempo valioso a mi hija y a mi misma. No era yo esa que estaba metida entre libros y la computadora día y noche. Simplemente no era lo que más deseaba.

Así salí a flote, con ayuda de mi hija, familia, el tratamiento y, por cierto, con mi madero: mi fe y voluntad.

En este minuto escribo un libro para otros, usando el material que fui acumulando durante tres años. No es malo; me pagan por eso, y yo me doy el gusto de hacer que mi cabeza dance un poco al compás de la literatura que fui amansando en noches de insomnio.

No me interesa el reconocimiento, el estrellato, ni las luces que encandilan a algunos que necesitan de aquello para vivir. Cierto que estuve en la “cima” intelectual, que anduve rodeada de “expertos” y cosas por el estilo; pero mi cabeza estaba en un lugar al que no quiero volver a visitar. Además, ¿qué es eso del experto? Al menos yo no les creo todo lo que dicen, pero eso es harina de otro costal.

Hoy puedo decir que a pesar de todo, pero de todo, lo bueno, lo malo y lo feo, sigo aquí, con el cuerpo medio tullido, pero aquí; con algo de dolor en el pecho, pero aquí. La palabra aquí me habita en este instante. Creo que varios entenderán lo fuerte que es esa palabra, sobre todos para quienes han salido del abismo más profundo. Para mi, representa el estar presente, el vivir siendo como soy, con TAB, el TEC, o lo que sea que haya tenido que experimentar para salir de las marejadas.

Cierto que sueno algo melancólica, pero no lo estoy; por el contrario, sólo estoy amainando el vuelo para que nunca se me olvide que pase lo que pase siempre me quedará la vida que tengo aquí y ahora y el ser que más amo: mi hija.

Un abrazo a quien me lee.

Clau

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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Una respuesta a El fantasma del doctorado

  1. Claudia dijo:

    Reblogueó esto en Bitácora Bipolary comentado:

    Hoy, como no suelo hacerlo, releí algunos escritos y este que pongo de nuevo aquí, le tengo un especial cariño. Refleja lo que ha sido para mi empezar una y otra vez desde cero… y no morir en el intento (literal).

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