De cómo sigo aquí

Me fui a la cama pasado las 2 am, estaba hiperactiva. Fue bueno al fin y al cabo, porque pude remendar algunas cosas del trabajo y compartir al menos por esta vía con personas que ingresaron en mi vida en un momento en que todo parecía perdido.

Recuerdo los meses que estuve con licencia laboral (sin derecho a salario, porque no estaba trabajando, sino intentando sacar un proyecto de tesis doctoral, pero eso pasó a la historia). Por entonces, me la pasaba leyendo a medias, andando de un lado para otro, divagando, y claro, experimentando el tratamiento que me había asignado la doc. El 2013 fue duro, muy duro. Los días pasaban de la madrugada a la madrugada, las dosis no hacían efecto y mi duelo al asumir que prácticamente no podría volver a desempeñarme en ninguna labor, me tuvo frente a un acantilado. Sí, la idea del suicidio, y el intento estuvieron a la orden del día. Me auto flagelé por la frustración, por la pena infinita, por el sinsentido, por el vacío. Eso era, vacía de contenido, oscilando entre la manía y la depresión. Ni siquiera estaba cansada, simplemente no estaba. Creía que mi presencia dañaba a los que amaba y que lo mejor era ir a pararme frente al mar, invocando la valentía de Alfonsina Storni y de la Violeta Parra. Estaba lista para emprender el viaje, ese que no tiene vuelta, al menos a esta dimensión inmediata.

6 meses después, y en un estado lamentable, comencé a invocar a todas las fuerzas y energías positivas que estaban a mi alrededor. Estaba tirada en el suelo, con una mano aferrada a la cama y la otra en la cabeza. Creo que más de alguien me entenderá. Tenía unos lagrimones de esos que llegan a quemar cada rincón por el que se deslizan. Mi cuerpo estaba con el dolor más agudo que había sentido, y, qué decir, no había una sola luz, nada que viera o sintiera. Y al mismo tiempo, sentía como una descarga eléctrica poderosísima, como si me estuviese electrocutando. Iba de cabeza a pies. No podía moverme.

No sé de dónde, (o tal vez sí), pero vino una de esas ganas de seguir viviendo y más aún, de atreverme a declarar territorio libre de dolor. Cierto que no fue fácil, que tuve que estar meses semi postrada; pero, mis imprescindibles aún estaban ahí. Tener a mi hija, mi familia, una amiga y un amigo siempre cerca, significó tener siempre un abrazo terapéutico de por medio.  Y esos seres que me acompañan, me decían una y otra vez “no lo hagas hoy, déjalo para mañana”.

Hoy, me levanté a duras penas, pero con el corazón en la mano. Esos seres aún me acompañan, y en medio del vendaval se asoman a mi cabeza para recordar la promesa que hice, justo frente al mar que me convocaba: pase lo que pase, haga lo que haga, voy a vivir.

Bendiciones quien me lee.

Clau

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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