Y a quién no le ha pasado

Hoy me dirigí a la farmacia de siempre, la del químico farmacéutico siempre atento a mis dudas y consultas, a la de la encantadora auxiliar que me mira con su rostro claro, compadeciéndose de mis cajas de medicamentos.

No había ido la última vez a retirar mis tratamiento actual, más liviano (Lamotrigina, Paroxetina, y Aripiprazol, una cosa poca, digamos).

Mi sorpresa fue mayúscula cuando el antidepresivo no estaba disponible para mi. “Aún está en tratamiento, debe tener media caja en su casa“. No entendía que pasaba. Había preparado las dosis diarias como lo hago siempre y, en consecuencia, ya no me quedaba para otro día. “¿Qué pasó?”. Ahí estuvo la respuesta. Debí haber tomado la mitad de la dosis… Lo había olvidado, simplemente cual autómata, preparé los pastilleros con las dosis habituales y ya. Y ahí estaba yo y mi cara de ansiosa reflejada en un espejo. Recordé que me quedaba una caja adicional de esas que conservo como muestras médicas.

No lo había notado. Mi optimismo ciego me tenía en medio de un vendaval de trabajólica naturaleza.

Ni siquiera me enojé conmigo. Por qué iba de hacerlo? Sólo fue un pequeño error que no llegó a mayores.

Esto no es un “Oda a los medicamentos“. No es otra cosa que un recordatorio de que, -aunque drogas que no dan felicidad, o si la dan no es permanente-, las tomas me han ayudado. Cierto, estuve por años tratando de vivir en la negación, trabajando duro por entender el origen de todo esto. Visitando semanalmente al sicoanalista, a la sicóloga constructivista, a la terapeuta ocupacional y sus sesiones grupales, al hombre de los imanes, a la yerbatera de la esquina, a la amiga espiritual… Sólo después de años de búsqueda asumí la condición, con todo lo fuerte que ello implica.

Entiendo que hay visiones contrapuestas que indican que las drogas causan más daño que beneficio. Lo sé, mi cuerpo así me lo dice. Pero vivir en el mundanal ruido, en medio del cemento, en una sociedad que encandila con las luces, tener una hija que ha sufrido por cada una de las crisis que he vivenciado, me han llevado a la decisión de apegarme al tratamiento, a la meditación y a momentos en que me detengo para ver, oirme, sentirme, y cada vez que es necesario, aferrarme al madero de la fe y la voluntad de sentido (osea, siempre).

Ya sé de la culpa, de mis sentimientos de abandono, de mi caótica y esquizoide proceso de socialización. Sólo tomé esa mochila y la dejé ordenada por ahí.

Sé que los medicamentos no sanarán el origen último de mi condición, pero me ayudan a levantarme por la mañana, a tomar una ducha, a parar el tren que se me viene encima, a reunirme con mis amigos y amigas, a cruzar la calle sin ser atropellada, y suma y sigue.

Es una opción. Puedo estar equivocada, pero qué más da. Estoy aquí, viva, ya no en medio de un chaleco que maniata mis brazos, sino en medio de las manitas de mi hija.

Bendiciones a quien me lee.

Claudia

Anuncios

Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
Esta entrada fue publicada en Biografía, Tranquila, Trastorno bipolar y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Y a quién no le ha pasado

  1. ARIEL dijo:

    Gracias por compartir tu experiencia 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s