No sé cuál es el final de la historia, pero tiene que seguir

En este preciso momento hay vacío de sentido. A punto estaba de escribir una carta de despedida, de esas que alguna vez escribí y encontré rota tras dejar el siquiátrico. Sí, así estoy ahora mismo, entre escribir aquí o en un word a mal traer.

Hace tiempo que no me sentía tan miserable y poco digna de merecer ni lo más mínimo que me regala el estar viva. Causo dolor en los que amo, cierto, y mi abandono traería más de ese dolor, un vez más.

Es que perdí el sentido y la voluntad que eso conlleva.

Aún conservo esas cosas que me llevarían a un profundo sueño.

Ni siquiera tengo lágrimas como para sacar esto afuera y dejar que entre aire.

Me siento atada de manos.

Ni siquiera puedo mirarme al espejo y ver si algo de lo que queda puede reflejarse. Siempre lo hacía como una manera de buscar evidencia de que existo.

No sé, no quiero hablar con nadie.

Escribo aquí sin saber el final de la historia.

Hace algún tiempo hice un pacto para vivir, parece que se me perdió por ahí. Quiero buscarlo en estas líneas, aún creo que está vigente.

No puedo irme (siempre hablo desde el deber ser).

Aún estoy respirando (suena el teléfono).

Volví a respirar, mi pareja comenzó a recordarme las simples estrategias que tienen efecto en mi cuando se me cae el cuerpo.

Monitoreo de mis emociones: siempre perseguir el origen de lo que me saca de la cordura.

Escribir en la bitácora: recorrer los surcos de la memoria presente y la antigua, esa que me recuerda el por qué del pacto para vivir.

Mirar mi reflejo en el de mi hija: abrazar la vida que tuve la bendición de traer hasta acá.

Beber agua: limpiar la sequedad de la garganta cuando las lágrimas ya no existen.

Darme una ducha: ponerme de pie bajo el agua caliente para recordar que tengo cuerpo.

Ver mi agenda: recordar que hay otras cosas que me necesitan.

Tomar los medicamentos: seguir cuidando que eso que me sube o baja con unas dosis controladas de químicos.

Abrazarme fuerte: autocontenerme.

Abrazo terapéutico: hacer el amor con la vida sin parar.

Y aquí estoy, con una carta sin terminar y un vacío a punto de ser llenado, una vez más, por unas simples (enormes) palabras de amor. ¿Dependencia? sí, ¿y qué fue?

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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