¿Mala madre?

“¿Alguna vez sintió rechazo hacia su hija?”

¿A cuántas de nosotras o nosotros se nos preguntó en una entrevista siquiátrica esta pregunta? Es mi caso. Nunca olvido esa pregunta y su respuesta, no la que dije verbalmente, sino la que está plasmada en la memoria de mi hija.

Busqué a mi hija durante años, no sin antes haber rechazado su venida antes de tiempo.

Mientras estuvo en mi barriga lloré como nunca lo hice, en parte por el temor a lo que vendría: mamá sola, en un departamento sin muchas comodidades, una familia conservadora y el rechazo inicial del padre de permanecer junto a nosotras en el país.

Así y todo, viví su vida dentro de mi lo más intensamente que pude. Dejé el cigarrillo en cuanto vi el positivo del test de embarazo. Me levanté temprano día tras día para ir a trabajar. Le hablé a cada momento susurrando su nombre. Visualicé el alumbramiento en un parto natural. Comí como nunca lo hice, pensando en ella. Todo marchó hermosamente, hasta que nació.

En una nebulosa, me vi recostada en una cama con mi pequeña en brazos, amamantándola con lágrimas en los ojos. Me sentí sola. Ahí comenzó a brotar todo el individualismo enfermo que removió todos mis principios de la maternidad que pregoné durante 9 meses. Estuve horas sin tener conciencia de lo que estaba pasando. Miraba a la mujer que estaba en una cama cercana siendo visitada por su marido y yo ahí con mi hija en brazos y las visitas intermitentes de familiares y amistades.

Sentí miedo por ella. Pedí una enfermera durante las 3 noches que estuve en el hospital para que se ocupara de mi niña. Sentí que no la merecía, y sobre todo, que ella necesitaba el mejor de los cuidados que yo no podía darle.

Tenía ideas malditas: que yo moría, que ella fallecía, que nos íbamos juntas de aquí. Temí por esas ideas y dentro de la nebulosa, le pedí a mi madre que me recibiera en su casa. Así fue, contra los deseos de mi papá.

A  3 años de su nacimiento, (la memoria me traiciona), viví oscilando entre la naturaleza materna del amor sublime y el egoísmo extremo de la líbido.

¿Cuántas veces tomé a mi hija en brazos para irme de la casa de mis padres? ¿Cuántas veces huí de ella y todo lo que significaba a su alrededor?

Terminé deambulando un día en medio de una carretera buscando la muerte sangrienta. Sólo su llanto en mi cabeza me hizo regresar corriendo, descalza, hasta donde me esperaba en brazos de mi abuela.

Comenzó a correr por mi mente la idea de que la perdería a los 6 años, y ese fue precisamente el año maldito, al que no le daré más espacio que estas palabras.

Tras el accidente automovilístico que tuvo junto a mi mamá y hermana, mi vida cobró otro significado, otro sentido. Coincidió con mi tercer ingreso y los tratamientos electroconvulsivos. Había sido diagnosticada como persona viviendo con trastorno bipolar de ciclaje rápido, tipo I. Desde entonces, y durante mucho tiempo, mi hija me dibujó en una cama junto con ella.Veía a su madre enferma, pero cerca de ella.

A 15 años de su nacimiento, siento que gran parte del tiempo fui una madre ausente emocionalmente y culpé, en parte, a mi condición de todo eso. No sé, claramente no todas las madres o padres que son ausentes tienes TAB, pero en mi caso mi biografía familiar y todas esas experiencias de las que ya he hablado aquí, sin duda fueron opacadas por mis oscilaciones.

Hoy creo que soy exactamente lo que siento que soy: una madre sin adjetivos. Sí, creo que lo he hecho tan bien o tan mal como cualquiera, y aunque siga cometiendo errores, ella estará ahí creciendo, a mi pesar.

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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