De mi nuevo espejo

En este preciso momento me es urgente echar afuera las razones por las que el 31 de este mes sería el día en que conseguiría un lazo para abrir la puerta lateral del lobo estepario.

Durante semanas estuve ordenando cosas, limpiando mi cuarto, botando ropa, llamando a algunos de los más cercanos, removiendo escombros, lavándome el pelo a diario, terminando con mi pareja, y, en ocasiones, plasmando en este sitio palabras de esperanza.

Sí, ya tenía la voluntad inmune al instinto de (sobre)vivencia.

Pero estoy aquí, con las manos moviéndose sobre el teclado y un medio para abrir la puerta eliminado en el basurero.

No pretendo dar clases de qué es la bipolaridad como diagnóstico psiquiátrico. Tampoco podría hablar de esta condición como una multidimensional espiral de emociones que deambulan entre la tristeza infinita y la euforia urgente, o, como es en mi caso, la mezcla y a veces fusión de ambos estados. Lo que quiero aquí es contar cómo cada cierto tiempo debo quebrar espejos para no ver mi imagen desfigurada oyendo o más bien sintiendo junto a mi una dimensión paralela, a pesar de las terapias y medicamentos tomados rigurosamente.

Tenía 9 años cuando un hombre usó una de las violencias más miserables que se puede ejercer hacia una mujer. Meses más tarde recogía una soga que no alcanzó la altura necesaria para sacarme de ese estado de confusión y abandono.

A partir de entonces, comencé a ver de vez en cuando mi imagen el el espejo como para cerciorarme que aún estuviera aquí. Jugaba a reflejar el cielo en él y caminar sobre las nubes que se representaban furiosas en el vidrio.

Mi adolescencia no fue muy distinta. Con una energía salida de no sé donde, nadaba varios metros mar adentro, cual Alfonsina en medio de su vacío de sentido de vida. También me uní a un grupo de arqueología, escribía eliminando posteriormente lo escrito, participaba en acciones por entonces vetadas en mi país, leía a destajo la Divina Comedia, la Náusea, el Lobo Estepario, Rayuela…

Estudié 4 carerras universitarias, entre ellas filosofía, graduándome finalmente para cursar un Magíster y un Doctorado. No alcancé a terminar esto último por el nuevo encuentro con una soga, esta vez más efectiva, pero interrumpida.

Fueron 5 intentos, 5 ingresos, 5 muertes inconclusas.

Este 31 habría sido efectivo, lo sé, tenía todas las medidas adecuadas para ello. Sin embargo, cometí un divino error: levanté la mirada y vi mi reflejo en un espejo. Tras su quiebre vino el reemplazo. Vi entonces otra imagen, una distinta, más presente. Luego siguió un auto abrazo, una mirada quieta y la imagen de yo siendo de 9 años envuelta en una mortaja.

Aquí estoy, con un amor de madre, pareja, hija, hermana intacto.

Esta noche abrazaré de forma urgente y sublime.

Para este 2016 tendré 365 oportunidades para ver mi reflejo y reencontrarme, cada vez que sea necesario, con mi voluntad de sentido.

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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