Historias de siquiátrico IV

Esa mañana desperté como lo venía haciendo hace meses: medio dormida, medio despierta, medio erguida, medio chueca.

Como siempre, tomaba un cigarrillo desde la más temprana hora. Pero ese día no lo hice ni desayuné, no lo recuerdo si por “orden médica” o simplemente porque no quise. No sé, no lo recuerdo, así como tampoco recuerdo mucho de lo que pasó en esa sala blanca.

En una bata me condujeron a un lugar blanco y seco, frío y opaco. Una camilla, un monitor cardíaco unos cables unidos a una especie de cintillo que contenía en sus extremos una superficie circular que se ajustaban a la sien, uno a cada lado.

Avancé sin apuro, sin saber de lo que se trataría, más allá de lo que vi en películas como atrapado sin salida y cosas por el estilo.

Me recostaron en una delgada camilla, me dieron algo de oxígeno, me ataron uno de los tobillos con un grueso lazo blanco…

Abrí los ojos en una habitación también blanca, orinada, con fuertes dolores en el cuerpo, la mirada fija, la garganta seca, las manos tensas y la espalda hecha pedazos. Mis pies, como miraba mis pies. Recuerdo esos momentos posteriores al tratamiento electroconvulsivo. ” El tratamiento” ese que aún emplean los siquiatras para borrar o quitar espacios de memoria que gatillan la pena infinita o la manía absoluta. Ese tratamiento que, sin demostrarlo abiertamente, nos quiebra la conciencia para depositarnos en algún otro lado. ¿Cómo no voy a desconfiar profundamente de los tratamientos si cada enfermedad mental tiene su origen último en alguna pre estimación de los hechos a partir de una determinada forma de ver las cosas, dentro de una sociedad que insiste en borrar  o al menos desterrar de su funcionamiento a cualquiera que marque una diferencia.

No niego (no podría) que habemos (unos más otros menos) quienes podemos ser un peligro para los demás y para nosotros mismos. Yo misma llegué ahí por eso. Pero también reconozco y estoy convencida de que en otro entorno las cosas serían de un modo diferente.

El cemento, como le llamo a la ciudad, no es un buen espacio para nuestro despliegue vital. No quiero decir con eso que el campo o la montaña sean los espacios para ello, pero quizás sí lo sea, no sé, ni idea. Sólo sé que el conocimiento experto varía de un tiempo a otro y por lo tanto, varía también la forma de ver un determinado estado de nuestras expresiones.

¿Pena? ¿Rabia? ¿Catatonia? ¿Emociones expandidas? quién sabe.

A esto le han denominado manía-depresiva, locura circular y hace un tiempo trastorno bipolar (con tipos y todo), pero ¿qué hay en todo eso?

Ya me referiré a eso en algún momento, como ya lo he hecho en este blog.  Por ahora, sólo quería mirar un poco a ese momento, de varios como ese,  en que me entregué a las manos de una médica que junto a un ayudante y no sé quién más, me hundieron en una camilla para quitarme un trozo de mi historia.

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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2 respuestas a Historias de siquiátrico IV

  1. momvip dijo:

    Terrible y muy bien escrito… Lamento todo lo que has debido tener que pasar… Mis respetos!

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