Limones, limonada y otros

Más de alguna vez oí que si el cielo te da limones, aprende a hacer limonada. Me lo he tomado muy en serio. No es que crea que las cosas llegan porque sí; creo que detrás de cada proceso, acción, incluso de aquella que involucra tantas diferencias, están las personas provocando el movimiento. Pero, como excepciones siempre hay, en ocasiones las cosas llegan o simplemente aparecen sin que necesariamente haya un humano o humana involucrado.

Así, creo que esta condición de vivir entre la amargura y el encanto tiene de vez en cuando el lado de lucidez palpitante. Claro, ¿cómo no voy a reconocer que tengo la posibilidad de ver las mismas cosas desde diferentes puntos de vista? Tal vez tenga que ver con mi experiencia y mi irreverencia ante el apego irrestricto a un dogma. En ese sentido, si asumiera que las normas y costumbres que predominan en la sociedad occidental de la que formo parte a la fuerza, que son una especie de mole gigante que nos arrastra, diría que frente a eso irrumpo anárquicamente.

No es raro que haya desarrollado la voluntad de actuar y pensar a favor o en contra de cosas que pueden ser muy similares; o quizás tener cierta relatividad en la forma que observo lo social, cultural, político, económico, y un largo etcétera.

Soy en principio un ser que habita transitoriamente entre otros; con una carga de vida y experiencias que me han enseñado a que nada tiene que ser de un solo color. Así lo he sentido en estados de oscilación mixta, así lo vivencio cuando los ojos llueven o las manos se aprietan entre el sudor y la furia. Simplemente he aprendido que no estoy ni por encima ni por debajo de nadie. No creo en las vanguardias ni en las retaguardias. Y aunque haya siempre quienes se han tomado la tarea de ir por delante de las cosas, no creo que tengan el monopolio de la moral ni menos el poder, así lo tengan a la fuerza.

Por eso amo las simples cosas, esas que me hacen ponerme de pie a diario, besar, trabajar, caminar, esperar con paciencia… Todo, pero todo ha sido un aprendizaje duro, a veces doloroso. Pero sólo al entender que formo parte de una cadena de manos, pieles, árboles y rocas, he podido restaurar a un punto anterior, cada vez que mi cabeza se ve envuelta en vaivenes y vendavales de los que pareciera nunca voy a salir. El punto es que sí, salgo de eso y sigo hacia todos lados, con la vida algo destruida pero inmune a la muerte.

Bendiciones a quien me lee.

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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