Chocolate para la pena y la alegría

Por estos días me la he pasado de mil maneras. Para qué decir de dos, si creo en los matices.

Hoy mismo me habita la pena y la alegría de ver que mi hija de 16 viaja al extranjero, por primera vez, junto a sus compañeros de clase. No tendría por qué estar de otra, manera, es natural y eso me hace inmensamente feliz. ¿Por qué? No sólo porque es mi hija, sino además porque eso de sentir, de vivenciar las emociones sin estar como zombi, es simplemente genial. Creo que, sin duda, cada día me conecto más con mis estados, alterados o estables.

Recuerdo que cuando inicié con la primera medicación (Litio, Olanzapina, Risperidona) simplemente no había conciencia. Era simplemente estar ocupando un espacio temporal en el que escasamente podía respirar.  Ni que hablar después de tanto tratamiento electroconvulsivo. Creo que me tomó cerca de un año volver a tener conciencia de mi misma. Esto lo digo por lo que me comentaron quienes por entonces me rodeaban, porque de ello no me acuerdo bien. Luego, vino una serie de esquemas que, a modo de conejillo de indias, tuve que bancarme. Pero bueno, hoy estoy con la lamotrigina, aripiprazol y un pedacito de paroxetina y casi no me doy cuenta de esos trocitos que debo tomar cada día, mañana y noche. Hoy puedo decir que casi no recurro al zolpidem ni al alprazolam.

Como sea, debo reconocer que no siempre hay razones para llorar o para zamparme 350 gramos de chocolate con almendras. Simplemente mi cuerpo se manifiesta y lo hace con ganas.

Hace una semana volvió mi obsesión por terminar este rumbo. Vino por unas horas tan solo, pero fue intenso. Ahí mismo recurrí a una de las contradicciones más grandes de las que soy parte: lavé mi cara y brazos, me abracé y oré, simplemente eso. De vez en cuando miraba mi reflejo en el espejo de mi dormitorio, mientras apoyaba mi espalda contra la pared y mi abrazo me acompañaba furioso de puro apretado que estaba. Y así, entre el eterno agradecimiento y la mirada serena, me fui despegando de esa tóxica sustancia que se llama ideación suicida.

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Acerca de Claudia

El año 2006 me diagnosticaron trastorno bipolar y conocí los tratamientos electroconvulsivos. Siguiendo el típico manual, fui diagnosticada tipo I de ciclaje mixto y rápido. Escribo aquí desde agosto del 2012, simplemente para recordarme el sentido que tiene seguir aquí. Mi hija configura gran parte de mi voluntad. eldiariodeunabipolar@gmail.com
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