Capítulos de mi libro

Y, ¿POR QUÉ ESCRIBIR EN ESTE BLOG?

Olvidé canciones, libros, calles, lugares, personas, proyectos, olores, colores y no sé qué otras cosas puedo añadir, si las he olvidado. Lo cierto es que hoy a mis cuarenta años puedo notar que la mitad de mi vida se fue a un rincón al que no he podido llegar por más que lo intente, porque he deseado olvidar lo que en el camino se topó conmigo y me hizo daño. Tengo, entonces, una memoria marcada por el olvido (in) voluntario.

Sesiones siquiátricas, sicoanalíticas, constructivistas y de un cuanto hay, me han acompañado a lo largo de los últimos diez años. No tengo idea del verdadero impacto que han tenido en quien soy ahora. Aunque no tienen que ver con mi desmemoria, son parte del proceso de aniquilamiento de espacios que eran cubiertos con eventos que marcaron negativamente mi biografía, parte de lo cual quiero enhebrar en estas páginas.

Fue La Negra y su interpretación de Zamba para no morir (“Romperá la tarde mi voz hasta el eco de ayer…”), quien me llevó a poner mis dedos en el teclado para escribir mi historia. Parece un cuento de nunca acabar, pero ahora que finalmente salgo por la puerta del pabellón M y tras haber dejado atrás mi computador, reconciliándome con el lápiz, la goma y el papel, retomo el impulso vital para teclear y unir las hojas que fui amasando en días de ingreso. Esto es casi un rito, una iniciación a una nueva era de expresión de mi vitalidad.

Por lo que recuerdo, fue un día de primavera cuando, luego de haber dormido un buen rato, desperté llorando en mi oficina. No recordaba ni las canciones que me hacen subir el ánimo como para recurrir a ellas y salir de ese estado. Tal vez Vivaldi , Yan Tiersen, no sé; lo que fuera armonioso y compasivo con la angustia.

Sin cambiar notablemente mi estilo de vida, ya había intentado salir adelante con otras pruebas esotéricas y naturales, y cosas por el estilo. Pero nada de eso me sacaba permanentemente de esos estados de pena infinita, de peso en los hombros, la cabeza, la espalda. Ahí estaba, casi en posición fetal, derritiéndome entre la nieve y el fuego.

Los momentos excitantes de mi vida no habían sido motivo de preocupación, salvo cuando caía en el exceso de alcohol y la persistencia en conocer a hombres que me dieran algo de eterna compañía por una noche o por unos cuantos días. Pero ese día, vaya, verdaderamente me preocupé. No fue como en otras ocasiones. O al menos no lo percibí como otras veces. Ese día, mi mirada se perdió en mis rodillas, acurrucada en el suelo, apoyada contra la pared y el escritorio, con un grito atrapado en los dientes que se apretaban a la lengua. Fue como la rotura de la primavera, como la quebrazón de cristales en mis oídos, como despertar hacia una pesadilla. Cierto, ese día en mi mente no había nada más que vacío rodeado de nada y en mi cuerpo sólo había un dolor como nunca había sentido.

Una colega notó mi ausencia de la reunión y al ir a buscarme se topó con mis ojos desorbitados. No sé cómo llegué a mi casa. Ni cómo no volví a levantarme por mi cuenta para discar el teléfono de un siquiatra, el primero que encontré en la guía de teléfonos. “depresión”, me dijo, llenándome de antidepresivos y ansiolíticos.

Al principio, fue deambular por la casa, las calles, la oficina, tapándome los oídos para no escuchar mi cabeza que se inundaba de ideas de autoboicot vital. La vida en familia se tornó en un infierno. “Está enferma, no le hagan caso”. Perdí todo poder moral para tomar mis propias decisiones, especialmente las que tenían relación con mi hija, a esas alturas de tres años, fruto de un amor sin límites salvo el geográfico. Mi niña, la que se acurrucaba en mi pecho después de ser amamantada, ahora era un ser extraño para mí. Temí hacerle daño y me fui distanciando con el dolor de perder a lo más amado. Y no era para menos. Un día en que ella me buscaba para jugar, yo estaba, como a esas alturas era frecuente, tratando de dormir en paz, a solas, al margen del mundo, especialmente de la familia. No le hablé, sólo la aparté de mi lado. Creo que esa fue la primera vez en que ella fue literalmente abandonada por mí. Lo que siguió fue la culpa, la profunda culpa de haberla traído para abandonarla. Odié a su padre por dejarnos antes de que ella naciera, pero por sobre todo, por haber fingido que manteníamos una relación que no tenía límite alguno. Lo odié hasta amarlo nuevamente en la sonrisa de mi pequeña. Así, una y otra vez fueron apareciendo más culpas enredadas en mis deseos de desaparecer, de dormir, de ausentarme y sumergirme en el vacío. Una tarde, después de descubrir que había sido reemplazada por la abuela en su crianza, como una autónoma tomé dos cajas de píldoras cuyo contenido puse sobre el escritorio para luego coger un puñado de ellas y echarlas a mi boca. Alcancé a ingerir unas treinta pastillas que me sumergieron en un sueño a saltos. El único efecto que tuve, fue el impulso de huir de casa a medio morir. Trepé las paredes y me enfrenté a mi madre, mientras mi niña se acurrucaba contra la pared.

Lo que siguió fue el encierro. Mi primera reclusión diaria y nocturna en un recinto fortificado por médicos siquiatras y paramédicos. Nada de lazos, cordones, cosas cortopunzantes, bufandas y artefactos por el estilo. Fueron treinta días de encierro. Treinta días buscando reinsertarme en los días. Treinta días. Así partió mi trayectoria oficial de “enferma mental” como me apodaron en familia. Así partió el primero de cinco ingresos en recintos siquiátricos.

Pero hoy, mi vida tomó otro rumbo. La sal de la cara me sabe a azúcar, las luces no me encandilan, mi espalda está menos cansada y mis manos aún escriben mi vida, esta vez llena de voluntad de sentido.

 

6 respuestas a Capítulos de mi libro

  1. Aghata dijo:

    esta vez llena de voluntad de sentido, que hermoso. gracias por compartir

  2. victoria dijo:

    Me emociona leerte. Me parece que pudiera en realidad verte y sentirte. Gracias por tu genuidad y coraje.

  3. Enrique dijo:

    Desgarrador testimonio de vida .emociona leerte, la expresión como manifestación del alma es terapéutica . .tus poemas son pura belleza y equiparables a los de Jaime Sabines y Fernando Pesoa . .desde Madrid un fuerte abrazo

  4. Nardo dijo:

    Sos tan sincera !! Es tan doloroso lo que escribís !! Y sin embargo no le tenes nada de miedo , y te re conoces , que guerrera ! Ojalá hubiera más gente como vos ! Y sos una genia escribiendo , Saludos desde Uruguay

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