Regresando para el re-comienzo

Qué decir, estas últimas semanas de viaje me trajeron reencuentros de esos que invaden el territorio ocupado por la inestabilidad de mis emociones. No recuerdo haber tenido días asoleados en el que el calor suspendido en el aire cautivaba mi mirada, sin pena, rabia, resquemor, miedo ni impulsividad.

El caminar interminablemente con mi hija fue sencillamente increíble. Ver sus manitas alzando los espacios recorridos me trajeron una de esas felicidades sólo comparadas con la dicha de despertar fuera de un recinto cerrado, para recomenzar una nueva etapa.

Aquí estoy, una vez más, levantándome temprano para inaugurar este nuevo capítulo de mi vida. Así que bienvenido sea todo lo que me habite de aquí en adelante.

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Eso del cliché del ave fénix es la pura verdad

En este febrero insomne, en este domingo de paz, puedo sin lugar a dudas sentir que he salido, como nunca, de una de las crisis más radicales de mi vida.

Terminar una relación siempre ha sido, para mi, factor de riesgo para la más dura de las hipomanías y depresiones. Subo y bajo, en un mismo día, sin cesar. El sueño insiste en no venir y las noches se vuelven días eternos. Pero hoy, hoy no es así. Hoy dibujo canciones en mi mente, hoy re descubro mis ansias por seguir viviendo, hoy simplemente siento paz.

Y aquí estoy, con mis manos escuchando el día de verano, a unos pocos días de subir a un avión a reencontrarme con el Caribe y la Sierra, que me traen los mejores de los recuerdos.

Yo no voy a desdecirme nunca de esto: cuando muera, quiero que parte de mis cenizas sean lanzadas en esa tierra, tierra de mi hija, lugar en el que su vida cobró sentido. Simplemente por eso, nada más. Lo acabo de decidir.

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Esta es la parte de la película en que debo aferrarme al guión y no improvisar

No he llorado un solo río. Sospechoso, sospecho, pero qué más da. Alguna lágrima disparada saldrá cuando tome un avión en febrero y, consciente de mis actos, asuma verdaderamente que nací y vivo simplemente para vivir y morir una y otra vez.

Trabajo, sonrío, me abrazo, camino y despego, son algunas de las acciones por las que he transitado el día de hoy. Tomando las precauciones de no mirar atrás, ni un poco siquiera. Afuera, fuera de aquí, cualquier infame dolor que adquiera en el camino del duelo. Sí, porque esto es un duelo y como tal, debo considerar seriamente concentrarme en monitorear mis emociones.

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De quien te acompaña (o de cómo nutro mi vida en soledad)

Vaya, estos días, esta última semana, ha sido reencontrarme con lo más íntimo de mis sueños, lo más grande de mis ansias y lo más esperado durante mucho tiempo.

En más de oportunidad he dicho aquí lo que he esperado de un compañero de vida: caminar juntos, sin opresiones, sin presiones ni cortapisas. Sobre todo, con una gran empatía, de esa que, aunque me cueste, debo decir que tengo.

Decidí poner fin a mi relación de 2 años de pareja, para reencarrilarme y focalizarme en lo que he venido cultivando desde que tengo uso de razón: la libertad de decidir sobre mis horas, mis sueños y, sobre todo, los aprendizajes.

Durante 2 años me distancié de amigos, calles, adoquines, puertos, países y abrazos terapéuticos. Durante 2 años me perdí en un otro que, tal vez genuinamente, llamaba pareja.

Egoísmo?, sí, tal vez. No soy quien pueda resistir mucho tiempo restricciones de sueños, ni a alguien que al momento de un vendaval, se limitaba a decir “cambia el switch”, en vez de dar simplemente un abrazo y escuchar con detención lo que estaba comunicando con mi voz y con mi cuerpo.

No fueron sus llamados de atención por mis subidas de peso, ni siquiera cuando minimizaba mis vaivenes, celaba (muy celopáticamente) o tal vez cuando simplemente callaba so pretexto de no tener nada que decir. Fue la infinita distancia entre su pensamiento y el mío. Confieso que no lo noté, hasta que un día se refirió como huevón de mierda a alguien a quien admiro profundamente. Eso fue lo que gatilló mi consciencia de querer seguir adelante sin su compañía. En definitiva, diferencias irreconciliables me animaron a decir basta.

Hoy, en paz con mi impaciencia, puedo decir que la historia se destruyó consciente e inconscientemente por parte de ambos. Detesto la inercia en todo ámbito de cosas y esta vez no sería la excepción.

Ahora sólo quiero decir que le deseo todo el amor del mundo y la consciencia de que su andar no se detenga mirando para atrás qué fue lo que hizo o dejó de hacer.

Atrás quedaron las ideaciones producto del rechazo tácito, atrás dejé los miedos y aislamientos, cual siquiátrico. Ahora, sólo quiero caminar, respirar y volver a la comunidad de la que nunca debí salir.

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Respirando, al fin

Toda encrucijada me ha dejado un sabor amargo y dulce a la vez y, por qué no admitirlo, con las ganas de transformar el presente con más fuerza aún. Así mismo estoy ahora, con toda la energía puesta en lo que estoy haciendo a cada instante.

Decisiones más, decisiones menos, todo me calza ahora, todo me hace sentido, de verdad y quiero disfrutar este minuto a todo lo que da. Ya contaré de qué se trata.

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De cómo parto de cero para decretar que estoy consciente de vivir

No importa cuantas veces debo caer para levantarme, no importa que tan seguido debo quitar lágrimas de en medio. Lo que me anima es mucho mayor, es casi indescriptible para mi. Para qué darle un nombre preciso, sólo sé que tiene que ver con lo esencial, lo humano y lo divino.

Este fin de semana desperté, como siempre, temprano, incluso después de haber pasado una noche en vela, en animada pero crítica conversación. Durante los primeros minutos de esos despertares, deposité mis miedos y miserias en un cofre y lo lancé tan lejos que apenas los reconozco.

Hoy, a un par de días ya de esa decisión, me encuentro en una encrucijada y para salir de ella, me propongo re construir mi historia, pero en tiempo presente.

 

 

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De cuando no hay retorno para el sonido

Estoy pensando, más de lo habitual, en lo que llevo de estos días. Todo bien, excepto por tener que apretar los oídos ante gritos ensordecedores.

No es que me afecte significativamente. Qué más puedo pedir? Tengo paz, pero necesito monitorear lo que me ocurrió ayer.

Almorzaba junto a mi familia, la alegría invadía el entorno y quería disfrutar como nunca el vínculo que he recuperado con mi hija. Fueron años de abandono por estar ingresada a cada rato, pero hoy, hoy estamos más cerca que nunca.

De repente, vino un sonido ensordecedor que claramente sólo yo sentí. Me levanté de la mesa, me fui a mi cuarto y tapé mis oídos. Ahí estaba, ese bendito momento en el que voces que me hablaban emergían desde mi calota hasta los pies. No se iban, no decían nada específico. No sé cuánto estuvieron aquí. Traté de dormir, de respirar lento, no alarmarme, pero ahí estaban, codo a codo con mi respiración. Tomo antisicóticos, tal vez ya está en retroceso el efecto, no sé.

Busqué una oreja para hablar de lo que me pasaba; tener pareja es fundamental, sobre todo para que te acompañe precisamente en esos momentos en el que tienes que morderte la lengua para que no se note lo que no se puede ocultar fácilmente.

Como sea, no importa que digan que está trillado hablar de mis estados irregulares, con vaivenes, con todo lo que implica, -no sé si será absolutamente cierto-, convivir con la bipolaridad.

Y aquí estoy, luego de una ducha tibia, vaciando esta sensación de estar sola con todo esto.

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