Invierno, casi invierno

Lluvia, de esa que limpia y calla, es la que me habita ahora. Como si la necesidad de llorar hubiera sido suprimida de cuajo con estas leves tormentas de agua y viento. Qué más puedo pedir? Y es que ni los temblores, dolores musculares, rigidez en la espalda y el cuerpo entero pueden bloquear esta cada vez más frecuente acción de vivir.

Vivir, tanto sentido ha cobrado ese verbo para mi, que no me importa repetirlo una y mil veces, no importa la hora ni el lugar.

Hubo lugares en el que ese verbo estuvo fuera, qué decir, muy lejos de los días. Y hoy, hoy mismo cobra mayor sentido, incluso después de la temporal caída de los sentidos.

Estoy en un momento que, creo, habla de felicidad, armonía, tranquilidad, de esa enorme, de la que me cuida y calma en los vaivenes, ventoleras y marejadas.

Qué decir ahora, casi no me quedan palabras. Sólo quiero disfrutar este momento, momento bueno y lleno de vida.

 

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Temblores

Ayer comencé con breves estertores en el cuerpo. Incliné la barbilla y tiritaba.

En este minuto que estoy sentada, siento que mi cuerpo tiembla y duele. Creo que debe ser la medicación y la fibromialgia, no le doy otra explicación.

Ya me han reducido las dosis, pero sigue. Tal vez es parte de todo eso. Como sea, sé que de alguna manera, placebo o no, tener esos pedacitos químicos han evitado que vaya a parar nuevamente al siquiátrico. Claro, acompañado de todas las cosas que he aprendido a lo largo de estos años.

Como no recordar, muy de vez en cuando, los días en que fuera de mi, me llevaban, casi arrastrando, a un lugar en el que el encierro era parte de los días. Hoy me parecen tan lejanos, pero a la vez, tan llenos de aprendizaje. Como cuando otras internas, compañeras de los días de encierro, me mostraban sus estrategias de sobrevivencia. Algunas más, otras menos, tenían su modo particular de salir de las crisis, así fuera a punta de martillazos. Como olvidar ese día de la revuelta (lo describo bajo la categoría Hospitalización), día en que me paré frente al director del recinto planteando nuestro pliego de peticiones por las malas condiciones de nuestra estadía. En fin, todo eso y mucho más, se ha constituido para mi en fuente de eterno aprendizaje.

Ahora, volviendo a los temblores, me digo ¿qué más da?

 

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El fantasma del doctorado

Hoy, como no suelo hacerlo, releí algunos escritos y este que pongo de nuevo aquí, le tengo un especial cariño. Refleja lo que ha sido para mi empezar una y otra vez desde cero… y no morir en el intento (literal).

Bitácora Bipolar

Hace un año ya, dejé definitivamente mis estudios doctorales; no quedaba de otra. Mi falta de sueño y mis virajes insondables me llevaron a un túnel sin regreso. Fue un fracaso más de tantos otros que he tenido. Quedé destruida, pero con vida.

Viví el duelo con alegría, porque no fue el fin del mundo, sólo de mi carrera académica. Creo que ya no daba más. No podía estar en una sala de clases dictando teoremas y cayéndome al suelo con estertores, o viendo dibujos en el aire sobre las cabezas de mis alumnos; llegando tarde a mi casa, y etc.

Recuerdo un día en que fui a entregar un reporte y sólo cuando me vi en un espejo, noté que mi cara estaba desfigurada y mis manos agrietadas. No tenía sentido todo eso. No quise continuar desmembrándome, quitando tiempo valioso a mi hija y a mi misma. No era yo esa…

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Re descubriendo los espacios

Sólo fueron 2 años, pero me parece haber estado una eternidad a resguardo de una caverna. Ahora, cómo decirlo, estoy en plena fase de desarrollo, crecimiento y disfrute de todo lo que estoy rodeando y me rodea.

Camino, tengo encuentros, nuevos y antiguos, sorteo las vallas y dinamizo los cansancios a través de la vida misma.

Quizás una de las cosas que más agradezco, es haber vuelto a la cordura de la conexión con la realidad misma, con la comunidad fraterna toda. Sonó algo críptico, pero no sé cómo llamarle a volver a seguir el sentido de lo humano en mi.

Por todo eso, gracias, gracias, gracias.

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Para cantar una canción urbana se requieren los pies

Caminar, simplemente caminar, re-descubriendo la velocidad del tumulto sobre el cemento de las calles y los adoquines de los cerros, los árboles enredados entre parejas escondidas y el río que cruza esta ciudad de verdad, de mentiras, de ciegos y videntes.

Urbana, sí, lo confieso, lo soy. Por eso salgo con el amigo o amiga de siempre, a compartir una urbana conversación, a veces teñida de soles y otras simplemente de estaciones de invierno.

En eso estoy, caminando, mirando, sin dejar de ver, cada rincón que emerge frente a mi, como si la vida se me fuese en ello.

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Regresando para el re-comienzo

Qué decir, estas últimas semanas de viaje me trajeron reencuentros de esos que invaden el territorio ocupado por la inestabilidad de mis emociones. No recuerdo haber tenido días asoleados en el que el calor suspendido en el aire cautivaba mi mirada, sin pena, rabia, resquemor, miedo ni impulsividad.

El caminar interminablemente con mi hija fue sencillamente increíble. Ver sus manitas alzando los espacios recorridos me trajeron una de esas felicidades sólo comparadas con la dicha de despertar fuera de un recinto cerrado, para recomenzar una nueva etapa.

Aquí estoy, una vez más, levantándome temprano para inaugurar este nuevo capítulo de mi vida. Así que bienvenido sea todo lo que me habite de aquí en adelante.

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Eso del cliché del ave fénix es la pura verdad

En este febrero insomne, en este domingo de paz, puedo sin lugar a dudas sentir que he salido, como nunca, de una de las crisis más radicales de mi vida.

Terminar una relación siempre ha sido, para mi, factor de riesgo para la más dura de las hipomanías y depresiones. Subo y bajo, en un mismo día, sin cesar. El sueño insiste en no venir y las noches se vuelven días eternos. Pero hoy, hoy no es así. Hoy dibujo canciones en mi mente, hoy re descubro mis ansias por seguir viviendo, hoy simplemente siento paz.

Y aquí estoy, con mis manos escuchando el día de verano, a unos pocos días de subir a un avión a reencontrarme con el Caribe y la Sierra, que me traen los mejores de los recuerdos.

Yo no voy a desdecirme nunca de esto: cuando muera, quiero que parte de mis cenizas sean lanzadas en esa tierra, tierra de mi hija, lugar en el que su vida cobró sentido. Simplemente por eso, nada más. Lo acabo de decidir.

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